Entrevista a Gala Garrido

In Artículos

Por: Daniela Gómez-Castro
ÉCFRASIS (revzine)
VOL03 Intimistas
Enero 2015

 

Gala Garrido (Caracas-Venezuela) es fotógrafa, comunicadora visual y directora de la Organización Nelson Garrido (ONG). En esta entrevista, nos cuenta sobre algunas nociones intrínsecas a su obra: la intimidad, la cotidianidad y aquello que la misma denomina como anti-autorretrato.

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-Tu trabajo fotográfico ha girado en torno a una tríada de temas: lo cotidiano, el erotismo y la intimidad. A propósito de ese último, ¿qué significa para ti el término “intimidad”?

Yo creo que la intimidad es aquello que uno no quiere dejar ver. Cuando algo es íntimo, no lo quieres mostrar porque te duele. La intimidad se trata de los momentos de derrota, de miedo. Siento que el reto con respecto a la intimidad es precisamente mostrar la fragilidad que todos vivimos. La fotografía es una manera de asumirlo. En mi caso, cuando hago autorretratos y fotografío mi intimidad, busco revelar esas cosas que me duelen y que me molestan. Es una especie de catarsis con la cámara. Yo nunca he logrado fotografiar algo alegre. Cuando estoy feliz, no me provoca sacar mi cámara; no me provoca registrar esos instantes. Cuando superamos etapas, el trofeo es justamente esa cicatriz. Para mí se trata de cerrar ciclos. También me pasa con las puestas en escena. Siempre he dicho que mis “Imágenes desechables” son el tras cámara de lo que pasa entre una foto y otra en cuanto a las puestas en escena del trabajo de “Los suicidios incesantes”. Las personas suelen ver estos trabajos muy separados entre sí porque estéticamente son muy distintos, pero en verdad intervienen los mismos temas. Trabajar con intimidad es muy difícil; todos sufrimos, todos estamos despechados, todos nos sentimos solos. Entonces una se pregunta, “¿por qué hacer algo especial de mi situación si todos pasamos por lo mismo?” Pero se trata precisamente de eso. En la intimidad hay una suerte de función chamánica, de sanación y decidí, por eso, tomármelo más en serio. Con la puesta en escena, está el juego con la máscara; la imagen no está allí para que la gente entienda lo que hay detrás de ella, lo que se esconde. Pero en las “Imágenes desechables” sí soy yo, no hay máscara con la que pueda jugar a ser otra. Cuando mostré ese trabajo por primera vez, me aterré; salí corriendo. Pero luego me di cuenta que no importaba mi historia porque nadie la sabía. E, igualmente, sucedió algo interesante con lo femenino. Las mujeres conectaban sus propias experiencias de vida con mis fotografías. Los hombres, por el contrario, no soportaban ver las imágenes. Nunca me imaginé que eso sucedería pero son problemas tan cotidianos que todo el mundo se puede identificar. La gente no me ve a mí sino a sí misma.

-¿Es difícil para ti volver a esas fotografías en la actualidad, ya después de haber superado la exposición y las experiencias vividas?

Hoy en día no tienen el mismo valor que antes. Las fotografías son como unos portales; contienen el pasado, el presente y el futuro. En ellas leemos unas cosas y luego, en el futuro, se van a leer otras. Es como el Tarot o el oráculo. Mi problema, en aquel entonces, era que yo me estaba enfrentando a fotografías que tenía mucho tiempo sin contemplar; y me encontré con mis demonios, con esas cosas que no nos gustan de nosotras mismas. En la actualidad, a propósito de que ya las afronté, no es difícil verlas.

-¿Cuándo empezaste a relacionarte con el concepto de intimidad?

Desde hace mucho tiempo me ha obsesionado el concepto de intimidad. Y creo que me asusta la vida cotidiana. Es algo de lo que nadie se puede zafar: todos comemos, nos enamoramos, tenemos que limpiar la casa. Es inevitable. Me aterra la repetición; me da hastío. Siento que la memoria es lo más desconfiable que hay en la vida, es muy subjetiva. Vamos modificando nuestras historias y recuerdos según los vayamos entendiendo. Por el contrario, fotografiar lo cotidiano no permite que te engañes. Y creo que eso es lo más valioso de registrar la cotidianidad. El fetiche de los fotógrafos es la no escapatoria; la cámara siempre termina siendo nuestra propia memoria. Funciona para reflexionar, para no autoengañarte y como una forma de ganarle una batalla al tiempo. Y no sólo lo he hecho a través de la fotografía. Cuando era pequeña, tenía un grabador Fisher Price que amaba y con el que grababa todo lo que pasaba en mi casa: sonidos, ruidos, conversaciones. Para mí, en aquel entonces, hacer eso era como un juego.

– En cuanto a tu investigación, me gustaría que me hablaras de aquellos fotógrafos que trabajan la intimidad y que captaron tu atención.

Cuando tenía trece años, conocí el “Tokyo Hole” de Nobuyoshi Araki y “La balada de la dependencia sexual” de Nan Goldin. Primero conocí a Araki y las imágenes de los burdeles me sedujeron por completo. Enseguida encontré a Nan Goldin y lo que más me impactó de ella fue la fragilidad, su dolor. A nivel erótico y fotográfico, creo que es más fácil entender el imaginario masculino, tal vez porque es socialmente más aceptado. Pareciera que, en el arte, las mujeres bellas desnudas están bien, son admisibles. Por el contrario, una visión femenina y erótica sobre el cuerpo masculino sigue siendo un shock. Casi no hay referencias así hechas por mujeres. Por eso me vinculé tanto con Nan Goldin y después determinó un montón de cosas con respecto a mi imaginario erótico. Me reencontré con Araki gracias a la serie “El viaje sentimental”, que es su primer trabajo y en donde retrata su viaje de bodas. También “Viaje al invierno”, aquella serie en la que captura el proceso de la enfermedad de su esposa: ella muriendo, su intimidad y cotidianeidad como pareja. Cuando hace estas dos series, Araki era otro, era un hombre que amaba profundamente a su mujer. Ése es el Araki que más me hace vibrar por lo frágil que se muestra. No puedes fingir la fragilidad, es imposible.

-¿Cómo entiendes el diálogo entre intimidad y arte en nuestra contemporaneidad, a propósito de las redes sociales y los dispositivos multimediales?

La mayoría de las fotografías que se publican en las redes sociales carecen de sinceridad y de fragilidad, son pretensiones de felicidad. En la charla que dicté en la Fundación Cisneros, desarrollé un concepto que denomino como anti-autorretrato.Si se supone que los selfies son autorretratos, entonces lo que yo hago es anti-autorretrato, lo que hace Araki podría ser un anti-autorretrato, lo que hace Nan Goldin también. ¿Cuántas personas que se toman selfies se atreven a publicar autorretratos en los que salen tristes o golpeados? Hay una pretensión de verte bella y de mostrar tu intimidad así. Y los autorretratos no son necesariamente bellos. La gente es realmente feliz, con suerte, minutos, horas de sus vidas. Eso de transformar tu vida en un reality show en donde tú eres exitosa, tienes un novio bello, tu casa es bella, tus gatos son bellos y ganas plata, no es sincero. Estás vendiendo el éxito y la felicidad. Es muy irónico, es como una puesta en escena de lo cotidiano. Siento que esas herramientas se podrían utilizar de maneras increíbles. Yo, por ejemplo, he tenido blogs desde los 15 años. La percepción sobre los blogs, hace 10-13 años atrás, era diferente y de ellos salieron trabajos interesantes, como por ejemplo, el “Diario digital” de Natacha Merritt en el cual mostraba fotos de su vida cotidiana tomadas con una web cam. Quizás esto que sucede en la actualidad era lo que todos soñábamos en aquel momento, pero se transformó en un monstruo que se revirtió. No hay reflexión de ningún tipo. El momento decisivo de Henri Cartier-Bresson se desfiguró. Siento que estamos muy encima de todo para entenderlo y creo que tiene que pasar un tiempo para que podamos reflexionar con distancia. Tampoco sé cuáles van a ser las consecuencias. La fotografía es como hacer poesía; vas juntando versos y creando metáforas. Esto que está pasando con las redes, vacía por completo el significado de la imagen.

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